Adiós, Elisa

“Tuvo que criar sola a cinco hijos, todos varones. Los educó para que nadie dijera nada malo de ellos. Es una mujer recia que ríe. Habla con calma y frases breves, rotundas; también con carcajadas y silencios que dicen más que sus palabras. Frente a la adversidad no le tembló el ánimo. Ahora algunos recuerdos la emocionan y la hacen sentirse feliz”.

En esos términos se resume la vida de Elisa de Cáceres Martín en el prólogo de lo que ella misma nos contó sobre su propia vida para el libro Las Hurdes: Tierra de Mujeres. Desde el 5 de septiembre el tesón de esa mujer firme merece un recuerdo eterno. Los retazos de su vida que compartió en su relato avivan la pena de la despedida.

“Estuve en la escuela hasta las 8 o 9 años. Luego, a trabajar se ha dicho”.

“Mi madre tuvo doce hijos, pero los primeros se morían todos. Luego salimos las cinco hermanas”.

“Trabajábamos desde que amanecía hasta que oscurecía. Y me daban 4 pesetas al mes”.

“Si nosotros estábamos mal y venían pidiendo aquí, ¿cómo estarían ellos? Había niños que morían por falta de alimentos”.

“De ropa andábamos mal, remendando mucho. Y las alpargatas, remendadas también”.

“¿Qué vida he tenido yo con seis hombres en casa? Pues correr, correr y correr”. 

“Mi marido también andaba al contrabando, Una vez estuvo una semana preso”.

“Todos los partos fueron bien. Me ponía de rodillas en el suelo y el cordón lo cortaba mi madre”. 

“Había que pelearse por la vida. Y mucho”.

“Mi marido se despidió de mí: “Prenda, prenda, prenda”, me dijo. Así se quedó muerto”.

Elisa de Cáceres falleció a los 96 años en Pinofranqueado, el pueblo en que había nacido. Hija de Anastasia y de Félix, con Saturio González tuvo cinco hijos: Félix, José, Miguel, Jesús y Vicente. De ella surgió una saga de una decena de nietos y otras de bisnietos. De todos ellos disfrutó muchas veces en silencio y con una sonrisa pícara. En el fondo de su memoria guardó una frase que la llenaba de orgullo, la última que escuchó a su marido.

La asociación AlmaHurdes quiere compartir con todos los allegados su pena en el momento de la despedida. Elisa, sentada en una silla a la puerta de alguno de sus hijos, ha observado con detalle la vida de su pueblo y de sus gentes. En silencio. En cada uno de esos rincones queda su recuerdo.