En Las Hurdes no se extinguieron los fantasmas

Al margen de los incendios, por su acecho permanente y la proximidad de los que asolaron en el último verano una de las zonas más representativas de la comarca, los símbolos hurdanos que recoge el reportaje Descubriendo Las Hurdes, un museo sin puerta de entrada ni de salida se concretan en “tierra de olivos, limones, vinos de pitarra, sierras y miradores”.

Así comienza el artículo firmado por Julio Ocampo y publicado en la revista El Viajero, vinculada a El País y en la web del propio diario. Una anécdota irrelevante que predispone al lector a pensar que Las Hurdes vuelven a merecer un trato más realista del que se las ha dispensado a lo largo de los siglos.

Se trata, dice el articulista, de una comarca que “alberga una sabiduría doliente cosida por una fuerte melancolía y un dialecto con influencia clara del asturleonés. La dureza ancestral y atávica en medio de un paraíso, un Edén con manzanas y pecadores inocentes”. Para tomar nota. El supuesto reportaje tiene más que ver con la fábula que con la información, aunque lo más cierto es que sucumbe ante la verborrea: “Asentada sobre la tierra, es una metáfora de la dureza de sus habitantes ante el látigo iracundo de la naturaleza, de la política, el devenir y el rigor del clima”. Para seguir tomando nota. Y de ahí, al precipicio, cuando se define al Chorro de la Meancera como “perfecto para los amantes del senderismo” o cuando se alude a la “espontaneidad de los huertos” (cualquier cosa menos espontáneos en el caso de Las Hurdes) o cuando se concluye “entre el cielo y el infierno, Las Hurdes es un museo sin puerta de entrada ni de salida. Sus diques son las montañas y su techo es la Luna”. Hasta ahí mismo.

Todo esto parece el preámbulo del verdadero objetivo, glosar la transformación de la comarca con una salvedad: “Lo que no llegó aún es la verdad”, por culpa –así se afirma– de Luis Buñuel y de Antonio Ferres y Armando López Salinas. La antítesis –es decir, el juicio veraz y auténtico– queda representada por Anselmo Iglesias Expósito, un niño pilo maltratado con crueldad durante su infancia en Las Hurdes, que décadas después, superados aquellos años oscuros y convulsos, quiso certificar la mutación de la comarca con un voluntarismo irreal e ingenuo. De todo ello trata su libro Yo, expósito en Las Hurdes. No cabe rebatir su experiencia personal –todo lo contrario, solo elogiar su relato, posiblemente  tan cierto como extremo–. El problema radica en la utilización de dicho trabajo por Julio Ocampo, autor del reportaje.

No hay más fuentes. Solo interpretaciones sobre aspectos relacionados con la historia y la cultura generada en torno Las Hurdes. Pudo buscar otras que, aunque múltiples y firmes, quedaron ausentes del reportaje.

Las referencias a la iglesia y al viaje de Alfonso XIII ponen de manifiesto la banalidad del análisis, más próximo a la retórica decimonónica que al estudio que permiten tantos trabajos de investigadores, escritores, documentalistas, fotógrafos…, ajenos a una mística tan desarraigada de la realidad como la licantropía. Conclusión: “Quizás, a este lugar hermético le falte un Nuevo Testamento cuando Cristo decida proseguir su viaje. De momento optó por detener el tiempo allí para saber si alguien miente o nadie dice la verdad”. Quedamos a la espera.


 

Nota al margen. Las Hurdes y toda la provincia de Cáceres se encuentran al norte de Badajoz y no al sur, como indican los mapas que acompañan el reportaje. ¿Será ese el guiño definitivo del disparate? Puede haber más: ¿Alguien lo pagó?