Reivindicar lo rural implica reivindicar la agricultura; es decir, el cultivo y la cultura, la tierra que alimenta y la manera de entender la vida desde el contacto directo y fértil del ser humano con la naturaleza. Un encuentro que invita, a veces, a la “descansada vida” que glosó Fray Luis y, otras, a la resistencia del hombre frente a un espacio hostil para hacerlo cómplice de su recíproca supervivencia, como resumió Unamuno al afirmar que, “si en todas partes los hombres son hijos de la tierra, en Las Hurdes[1] la tierra es hija de los hombres”.

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Cultivo y cultura son, en cualquier caso, palabras de una misma raíz que tendemos a entender por separado y, aún peor, como antagónicas. Dos términos que en el medio rural se asocian de manera indisoluble, aunque casi siempre inadvertida.

En estos tiempos en que los trabajadores del campo reclaman mejores precios para los productos agrícolas, temen recortes en los fondos europeos o la PAC y les agobia la despoblación… la economía absorbe la reflexión y los problemas.

Sin embargo, no bastan las ayudas o las inversiones. Los problemas no se resuelven solo con más carreteras, más fibra óptica, más centros de salud. Ni siquiera con planes coherentes adaptados al territorio y perspectivas de medio plazo o con un cambio de mentalidad que rehúya la mendicidad de las subvenciones. Menos aún con mero voluntarismo.

Tampoco mejora la situación responsabilizando a otros de cuantos males y desgracias aquejan al mundo rural. Nuestra sociedad ha impuesto una lógica perversa. Ha privilegiado otros espacios y, sobre todo, otros modelos ajenos a la naturaleza, al cultivo y la cultura, hasta hacer que el mundo rural sea víctima y causa a la vez de su propio decaimiento, y convertirlo en un problema general, casi universal.

El medio rural no resulta atractivo para sí mismo. Sus habitantes consumen los modelos que la ciudad impone, ya sea en sus propias fiestas o en los supermercados. Los jóvenes reconocen que les educaron para emigrar y alimentar sus expectativas fuera del lugar donde crecieron.

Urge un esfuerzo colectivo para prestigiar la agri-cultura. Una reivindicación vinculada a la relación entre el ser humano y la naturaleza que el mundo rural propicia y potencia, y al bagaje cultural que cada territorio acumula.

Sergio del Molino acuñó el concepto La España vacía sobre datos sociológicos contundentes que sustentan un ensayo cultural, desde el que se reivindica y prestigia el país despoblado. Cuando Paco Cerdá, autor de Los últimos, preguntó al abad de Silos sobre el deterioro de lo rural, el monje respondió que el mayor riesgo de los pueblos tal vez sea el de perder su alma: sus referencias, su esencia, su cultura.

Algunos años antes en Las Hurdes se había planteado una reivindicación en forma de eslogan, Las Hurdes tienen alma, que poco después se transformó en un documental, Las Hurdes, tierra con alma, en alusión al Tierra sin pan que Luis Buñuel convirtió en alegato y símbolo contra el abandono de la España campesina.

Luego llegaron, entre otros, Emilio Gancedo y sus Palabras mayores, Alejandro López Anglada y El tiempo derruido, Virginia Mendoza y Quién te cerrará los ojos, Emilio Barco y Donde viven los caracoles o María Sánchez y su Tierra de Mujeres… Todos ellos, a la búsqueda de lo más profundo de la España despoblada. Relatos de personas que remiten a la intimidad de una memoria imprescindible.

A ella apelan también una exposición y un libro, Las Hurdes: Tierra de mujeres, que recogen testimonios de mujeres entre 70 y 100 años que vivieron en un espacio sin pan, pero con alma.

Todo esto forma parte de un proceso secular: desde el Lazarillo o Cervantes a Rosalía, desde Lope a Machado, Delibes, Llamazares, Landero, Atxaga, Cuerda, Armendáriz, Almodóvar, Bollaín…

Los últimos Goya han premiado a tres películas relacionadas con el mundo rural: O que arde, de Oliver Laxe; Intemperie, de Benito Zambrano, sobre la novela de Jesús Carrasco, y Buñuel en el laberinto de las tortugas, de Salvador Simó, a partir del cómic de Fermín Solís.

Prestigiar lo rural implica reivindicar la cultura agraria y conseguir que se los vincule a la tierra y a los cultivos con el alma de quienes la cuidan y los producen, e incluso con cuantos la reconocen y los disfrutan. Desde esa perspectiva la cultura añade valor, también económico, a la actividad agraria.

Jesús M. Santos. Presidente de la Asociación Cultural AlmaHurdes.


[1] Desde esa comarca extremeña surge esta reflexión, así como desde diversas iniciativas que se refieren en este artículo. Las Hurdes tienen, además, un valor simbólico: desde hace muchos años se han utilizado como metáfora del mundo rural español.

Este escrito se publicó, por iniciativa de la Red Rural Nacional, en el número 41 de la revista Desarrollo Rural y Sostenible.