La exposición y el libro “Las Hurdes: Tierra de Mujeres” invitan a los visitantes y lectores a expresar sus opiniones. Una de las primeras la escribió Pedro Antonio, en facebook: “Acabo de venir de mis siempre mágicos viajes a Las Hurdes y, gracias a unas personas maravillosas, descubrí este libro muy emotivo, increíble, que toca el corazón, el alma, nos descubre las historias de unas “heroínas”, unas supervivientes de la vida, a las que te insto a conocer, porque seguramente van a tocar tu fibra mas sensible, y, a muy seguro, desearás conocer Las Hurdes: Tierra de Mujeres”.

Luego, añadió: “¿Te gusta la fotografía? Nuestro José Benito Ruiz, fotógrafo profesional y conocido mundialmente, se prestó a retratar a estas grandes mujeres, poniendo rostro a historias imborrables de relatos inolvidables. ¿Se puede poner mejor broche a este libro? Imposible”.

Pilar Sauquet remitió este comentario: “Hemos visto la exposición… Qué maravilla las fotos. Nada que ver con las que vimos en pantalla y las síntesis de sus vidas me han emocionado. No sé quién lo ha hecho, pero ¡qué canto a la dignidad, qué delicadeza y qué potente! Nos ha encantado. ¡Hay que verlo para darse cuenta! Gracias por ese trabajo que teje historia”, ha escrito

Hilario Jiménez Gómez, escritor y profesor del IES Gregorio Marañón de Caminomorisco, escribió en su wasap: “Te recomiendo la lectura imprescindible de Las Hurdes: Tierra de Mujeres”, un libro maravilloso que te agarra y te emociona desde las fotografías y testimonios de 30 mujeres de esta zona del norte de Extremadura (nacidas entre 1922 y 1961), que nos relatan en primera persona su tenacidad y su sacrificio en los tiempos más adversos. Una magnífica iniciativa de la Asociación Cultural “almaHurdes” junto con la Diputación de Cáceres para recuperar la memoria y reflexionar sobre nuestros orígenes. Rescato aquí un fragmento de las palabras de Celedonia Hernández (Aldehuela, 1926) que me ha conmovido mucho: “Como no había maestro, en vez de aprender a leer y a escribir, pues a la sierra a guardar los cabritos. Íbamos descalzas por el monte pues a la sierra a guardar los cabritos. Íbamos descalzas por el monte con los chivos a unos prados que eran de la familia. Aunque no sabía leer, me entretenía cogiendo piedras finitas, de las pizarras, y en los canchos escribía letras y letras y letras. Pero quién las iba a leer, si yo no sabía… Otras veces iba a una finca de una tía mía, a la que me tocaba ayudar porque no tenía hijos. Allí cogía hojas verdes de los castaños y quitaba los espinos a los erizos; con las hojas hacía la forma de una zapatilla y las cosía, todo alrededor, con los espinos. Así tenía zapatillas y, si iba con los chivos de aquí para allá, podía andar con ellas, con las hojas verdes de los castaños”.