“A Catalina no la doblegaron las dificultades, la enfermedad, el dolor o el trabajo: ni siquiera la muerte. Sobre todos los apuros que tuvo que afrontar y sortear se ha impuesto la memoria de sus días dichosos, los motivos que la ayudaron a ser feliz. Y de ese modo expone su vida sosegada, sin lamentos”.

En esos términos se resume la vida de Catalina Puertas Barbero en el prólogo de lo que ella misma nos contó sobre su propia vida para el libro Las Hurdes: Tierra de Mujeres. Desde ayer ese canto a la felicidad se escribe en pasado y los retazos de su vida que compartió en su relato avivan la pena de la despedida:

“He pasado muchos apuros muchas veces”.

“A los 10 años, cuando iba a llevarle la comida a mi padre, me salió un lobo. Estuve cagaíta de miedo”.

“A la escuela íbamos cuando se podía, porque muchas veces teníamos que cuidar de los chivos. La maestra nos tenía así. Siempre con un palo encima de la mesa y, si no hacías las cosas, te daba”.

“En las matanzas nos juntábamos todos. Era muy bonito: todos a ayudar, a lavar las tripas, a comer…”

“Para bañarnos en los canchales usábamos unas enaguas o un camisón grande. Los mozos se escondían en los huertos”.

“Durante los cuatro años del luto con manto solo podíamos ir a la iglesia y al trabajo”.

“Me casé de negro con un casquetino y el ramo de pureza, que significaba que no ibas embarazada”.

“He trabajado todo lo que he podido hasta que aguantó el cuerpo”.

Catalina Puertas Barbero murió a los 82 años de edad en Madrid, en casa de una hija. Natural de Pinofranqueado, fue la sexta de una familia de nueve hermanos. Compartió su vida con Norberto José Sánchez, natural de Sauceda, con quien tuvo cinco hijos: Macu, Francisco, Santi, Tere y Adela. Hasta su muerte disfrutó con sus nietos Javier, Sara Inés, Diego, Isabel, Jorge, Julia y Valeria.

La asociación AlmaHurdes quiere compartir con todos ellos su pena en el momento de la despedida. Catalina nos seguirá emocionando con la serenidad de su sonrisa.